Ethics of Digital Law

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Hacer lo mismo con más tecnología

El ejercicio del Derecho en el siglo XXI requiere, además de una sólida formación ética y académica, un conocimiento de las nuevas tendencias y herramientas digitales. El impacto que tienen las tecnologías emergentes en la práctica jurídica, en donde diferentes funciones que desempeñan actualmente los profesionales del Derecho pueden ser asumidas por sistemas informáticos programados para el análisis de información y lograr resultados más rápidos y precisos, modifican esencialmente la visión y el ejercicio del Derecho, la administración de justicia y la pedagogía.

Estas nuevas tendencias y necesidades que surgen con la revolución 4.0 han sido prioridad en la agenda del desarrollo de las competencias que requieren los profesionales que ejercerán el Derecho del futuro, de tal forma que puedan gestionar e implementar las tecnologías emergentes en su ejercicio laboral.

IA - Bienestar de la sociedad en su conjunto

La tecnología más disruptiva de la Cuarta Revolución Industrial es la inteligencia artificial. Y ella viene acompañada de desarrollos en robótica y otras innovaciones emergentes que producen cambios sustancialmente inéditos. Máquinas y algoritmos que son cada vez más capaces de igualar e, incluso, superar ampliamente múltiples y específicas habilidades que estaban reservadas exclusivamente al cerebro. Esto transforma radicalmente la naturaleza de nuestras actividades. Los seres humanos, desde hace varios siglos, convivimos con máquinas que reemplazan o mejoran nuestras habilidades físicas. Ahora estamos adaptándonos a complementar o a sustituir por un camino artificial lo que antes hacíamos con nuestra inteligencia biológica.

Mientras médicos y científicos avanzan en los estudios para entender los engranajes del cerebro humano, la inteligencia artificial (IA) ya es capaz de hackearlo. Ya existen sistemas de IA para tratar síntomas de la depresión, softwares de aprendizaje automático capaces de reconocer cambios cerebrales causados por el Alzhéimer años antes de las primeras señales o escaneos cerebrales que identifican tendencias suicidas.

Las nuevas aplicaciones disruptivas que surgen son de tal intensidad y creatividad que, en sí mismas, cuestionan la naturaleza humana y su capacidad para decidir el futuro.

El problema es de tal magnitud que algunos comienzan a hablar de reservas de la humanidad, no tanto para referirse a aquellos lugares con un especial valor medioambiental, sino a espacios funcionales que solo pueden o podrán ser ocupados por seres humanos, cada vez menos.

Al mismo tiempo, en esa reivindicación desesperada del hombre frente a la “datificación”, se ensalzan los principios naturales, con la esperanza que las máquinas no puedan sentir o diferenciar lo justo de lo injusto, lo ético de lo inmoral.

  • ¿Cómo sobreviviremos a las máquinas? ¿podremos ser algo más que datos?
  • ¿Son neutrales los algoritmos? ¿a mayor velocidad, mayor desigualdad?
  • ¿Es posible educar en valores a un algoritmo? ¿debemos incluir sesgos éticos?
  • ¿En un mundo automatizado, qué sentido tendrá la democracia participativa?
  • ¿Es tarde para preguntarnos cómo se automatizarán nuestros trabajos?

La ética humana tiene que ser aplicada en el control de los sistemas automáticos, y de los grandes superordenadores con el fin de evitar que tomen decisiones negativas para la especie humana. Las tecnologías se irán perfeccionando y se consumirá menos energía. El aprendizaje autoprogramado de la inteligencia artificial es muy positivo y, aparentemente, no tiene límites.

En relación con las programaciones de los sistemas automáticos o los superordenadores está claro que debe ser posible la delimitación y el seguimiento de la trazabilidad de los programas y de los códigos de la inteligencia artificial. De este modo se podrán exigir responsabilidades ante errores y abusos en relación con el mundo telemático .

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