José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, un día como hoy de 1780, en la ciudad de Tinta (Cusco), encabezó la rebelión más sonada del virreinato contra los abusos del corregidor Antonio de Arriaga. No existe ningún registro histórico que haya sido superior en su huella para protestar por la dignidad del indígena, despreciada desde los tiempos de Ginés de Sepúlveda que decía que no tenía alma en oposición a su defensa por Bartolomé de las Casas, llamado el “Apóstol de los Indígenas”. El cacique de Tungasuca, Surimana y Pampamarca, y también llamado inca –era nieto de Túpac Amaru I, el último inca de Vilcabamba–, no era un antisistema, tampoco un revoltoso ni un anarquista por lo que ponerlo de ejemplo es un grave error de conceptualización histórica. Nació y creció en medio de la comodidad de una vida esencialmente sincrética, es decir, tan criolla apreciando la importante cultura española, como exponiendo sus innegables entrañas precolombinas.

